A los pyrofrikis nos gusta explicar los procesos con tres factores determinantes fundamentales, supongo que por deformación profesional del triángulo del fuego. Ya sé que esto no es así, pero da la casualidad que la gestión integrada del fuego también afecta a tres procesos temporales: lo que hacemos antes, durante y después del incendio que implica a las tres disciplinas básicas de la ingeniería del fuego, la prevención, la extinción y la restauración. Como sabéis, ahora soy profe asociado colaborando en la docencia de asignaturas de incendios de diferentes grados y másters de la Escuela de Montes de la UPM. La mayor cantidad de horas se dedican a comportamiento del fuego, planificación del riesgo y peligro, prevención, estrategias y tácticas de extinción, materiales y dispositivo, rematando el temario con UNA clase de restauración postincendio ¿estamos formando profesionales del fuego que ya tienen asumido que la restauración no es cosa suya? ¿por qué muchos servicios de extinción suelen integrar la prevención pero raramente la restauración entre sus competencias? En este caso ¿cual es la importancia y necesidad de la coordinación de los servicios de prevención, extinción y restauración?
En los últimos meses la mayoría de las cosas interesantes que están surgiendo en el trabajo y en mi actividad de comunicación en redes y medios tiene mucha más relación con la restauración que con las otras disciplinas de la ingeniería del fuego. Hay una demanda científica pero sobre todo social de ofrecer respuestas a qué hacer después de los incendios. Si asumimos la filosofía de la gestión integrada del fuego, la restauración es otro eslabón más en la gestión de los combustibles y por tanto en la planificación en el espacio y en el tiempo de las actuaciones ¿Qué diferencia hay entre hacer un tratamiento preventivo y uno de restauración tras incendio? Lógicamente el objetivo define la actuación, pero asumiendo que son masas que volverán a arder en el futuro, el objetivo preventivo debería subyacer en toda propuesta de restauración, debiendo hacer compatible la recuperación de procesos ecológicos y socioeconómicos con la prevención de incendios. Si a esta complejidad añadimos el cambio climático los problemas en la toma de decisiones están servidos. Los proyectos de restauración en un contexto de mayor frecuencia, intensidad, extensión y severidad de los incendios, en un escenario más caliente, probablemente más seco y con cada vez menos recursos económicos disponibles, implica un cambio de mentalidad ¿en qué sentido?
Incendio de Navalacruz, Ávila, 2021 |
Parece que cada vez está más claro que son necesarios tratamientos de emergencia para evitar riesgos de erosión postincendio y que se debe actuar pronto aplicando las técnicas disponibles: mulching, fajinas, albarradas, siembras de herbáceas o tratamientos combinados. Esta tendencia de mentalidad médica a aplicar recetas presenta riesgos (como cuando se administra ibuprofeno para cualquier tipo de proceso inflamatorio sin detenerse a entenderlo) y desde luego no siempre es la solución óptima. Es evidente que el tiempo corre en contra del gestor y no es fácil elaborar un plan a corto plazo haciendo un buen diagnóstico. A ello hay que añadir la dificultad de actuar en montes privados que dificulta aún más la toma de decisiones a escala de paisaje.
Helimulching con paja agrícola en el incendio de Navalacruz, Ávila (otoño 2021) |
Otra de las cuestiones que influyen en todas estas actuaciones es la decisión importante de sacar o no sacar la madera quemada. Muchas de las actuaciones de emergencia implican la saca de madera y la formación de fajinas por curvas de nivel para evitar la erosión. Esta práctica se está acompañando en los últimos años con una medida que veníamos proponiendo desde el ámbito científico que es dejar parte de la madera muerta en pie, por sus beneficios ecológicos como nicho de microorganismos, flora y fauna. Por otra parte, hay ejemplos de alto interés como la restauración ecológica de incendios como el de Las Peñuelas (Parque Nacional de Doñana 2017), donde la decisión de sacar o no sacar la madera se ha tomado de forma consensuada en un proceso participativo y ha atendido a objetivos ecológicos y de gestión posterior, ya que, como sabemos, en las zonas donde no se saca la madera hipotecamos las posibles actuaciones selvícolas hasta que dicha madera se pudre completamente y se puedan mecanizar los tratamientos (al menos 15 años dependiendo del clima y ecosistema)
Presencia de madera muerta sin descomponer 17 años después del gran incendio del Rodenal de Guadalajara (2005) |
¿Y qué hay del medio y largo plazo? ¿Es suficiente la restauración pasiva o debemos también actuar? ¿Qué objetivos deben tener esas actuaciones? ¿Exclusivamente la recuperación de procesos ecológicos o socioeconómicos? ¿Asumimos que puede haber nuevos incendios? ¿Y qué hay del cambio climático? ¿Las especies que regeneran hoy serán las mismas que vegetarán dentro de 50 años? Aquí es donde entra a jugar la gestión integrada del fuego, o lo que es lo mismo, integrar la presencia del fuego en la toma de decisiones. En la selvicultura tradicional el fuego se ha visto siempre como una anomalía del sistema, una pertrubación no deseada. Sin embargo la gestión integrada del fuego no sólo asume que es un elemento inevitable de los procesos dinámicos del ecosistema sino que en muchas ocasiones es necesario y su aparición es conveniente para asegurar el futuro de la masa. El problema es cuando aparece en el espacio y en el tiempo "inadecuados", en un régimen difícil de asumir por muchas especies y por tanto haciendo más vulnerables a nuestros ecosistemas a los incendios que terminan generalemente pasando de fase arbórea a arbustiva. Por tanto los proceso de restauración a medio y largo plazo pasan por diversificar el paisaje con todas las herramientas disponibles: selvicultura por medios mecánicos, ganadería extensiva y, por supuesto, el fuego. En mi opinión podemos y debemos empezar a quemar durante el proceso de regeneración en aquellas zonas donde no se comprometa al arbolado y donde dichas quemas sean compatibles con las especies arbustivas y herbáceas presentes. La combinación de tratamientos suele ser una solución óptima, por ejemplo desbroces selectivos para liberar de competencia al arbolado y posterior mantenimiento del sistema mediante quema y/o pastoreo. Otras opciones en áreas de matorral pueden apoyarse en el herbivorismo o pastoralismo pírico, esto es, tecnificar la labor tradicional de quema para fomento de herbáceas y pastoreo posterior para el mantenimiento de pastizales. Estas técnicas de diversificación del paisaje cumplen la doble función de restauración y prevención porque son dos caras de la misma moneda. Parece evidente que en aquellas zonas donde la ausencia de pastores y ganaderos dificulten la introducción de la herbivoría deberíamos apoyarnos cada vez más en el fuego prescrito como herramienta de gestión, con objetivos integrados ecológicos y preventivos.
Quemas experimentales en pinares (Cuenca) y matorrales (Doñana)para integrar objetivos ecológicos y preventivos |
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