domingo, 24 de febrero de 2013

Hacer ciencia sin dejar de ser bonsais

>>Opinión

El domingo pasado me tragué, como todos los años, la gala de los Goya y aguanté hasta el final cuando J. A. Bayona dijo aquello de que el cine español necesita películas grandes, medianas y pequeñas. Inmediatamente me identifiqué con el discurso. Creo que en realidad es aplicable a todos los ámbitos profesionales, también en la política científica: tiene que haber científicos (y científicas) y proyectos de investigación pequeños, medianos y grandes para que exista una sistema de investigación y tecnología que responda a las necesidades del país, tanto empresariales como culturales. En los últimos meses hemos disfrutado con artículos en prensa escrita, portales web y blogs sobre el desastre que supondrán los recortes en investigación, ¿a alguien le importa realmente a parte de los que vivimos de esto? 




No me refiero a lo que se responde en las encuestas, donde los investigadores seguimos teniendo muy buena imagen, una imagen respetable para el resto de la sociedad. Me refiero a si DE VERDAD a la gente le importa que algo que se invierte hoy se convierta en eso que llamamos "sociedad del conocimiento". No hay más que consultar el último barómetro del CIS donde ni se menciona la investigación y ciencia como problema a solucionar. Cuando hablo con amigos que no son del ámbito forestal y les comento que la ordenación de un monte se hace con plazos de más de 100 años, lo que denominamos "turno" de la masa, la cara de estupefacción es para enmarcarla. La sociedad del "cortoplacismo" es incompatible con la "sociedad del conocimiento". Los avances científicos son lentos y la implantación social y empresarial a través de un cultura científica implica también un cambio de cultura en el concepto del "tiempo" para convertir un resultado científico en algo útil para la sociedad (por ejemplo sólo los trámites de registro y adjudicación de una patente tarda entre 2 y 3 años). Es más, tal como reivindican muchos de nuestros reconocidos científicos, es necesario que existan descubrimientos y avances científicos aunque no sirvan para nada (al menos a corto plazo). Sí, efectivamente: la cultura del utilitarismo también es incompatible con un sistema de investigación que, DE VERDAD, se crea que tiene algún futuro. Cuando he dado clases en la Universidad, siempre surge la pregunta de algún "espabilao" que dice aquello de "¿y eso pa' qué sirve?" Y a ver qué le respondes: "Estamos en la Universidad, es un sitio para aprender cosas ¿no?, aunque no sirvan para nada, es "culturilla general", y si encima tienes la suerte de que tus papás te están pagando una carrera, al menos, aprovéchate de que tienes profesores que te pueden enseñar algo más de lo que puedes encontrar en internet para tener un poco de cultura científica o simplemente cultura". Si queremos que la Universidad siga siendo espacio de conocimiento tratémosla como tal y no sólo como un mero centro para adquirir capacidades laborales, en el mejor de los casos, o simplemente un título para poder optar a un trabajo (ahora fuera de España, claro).

En el afán y en el ansia por divulgar y hacernos entender (ya que tenemos el complejo permanente de que no se nos entiende), los científicos nos lanzamos a escribir en forma de "parábola", "fábula", "cuento con moraleja" o "proverbio oriental". Se explica el sistema científico español con símiles y afortunados ejemplos: el iceberg del que sólo podemos ver  parte del hielo pero que necesita el resto bajo el agua para flotar o la inercia del transatlántico y sus problemas para parar y arrancar. Dan idea de un sistema complejo y gigantesco en el que debemos seguir invirtiendo para que no se hunda o se pare definitivamente y por tanto sea imposible ponerlo de nuevo en marcha. Todo eso es cierto ¿o no? ¿somos tan grandes como un iceberg y tan caros como un transatlántico? 


Bonsái del año 1978 con estructura descompensada y atacado por cochinilla, pero deseando sobrevivir
Por deformación profesional e inspirado en la presentación a la que asistí de un bonito proyecto sobre árboles monumentales, creo que en realidad somos más bien un pequeño bonsái en comparación con el árbol monumental del resto de los países de nuestro entorno desarrollado. Y no es solamente una cuestión de tamaño (que en este caso sí importa). Como casi todo el mundo sabe (por culturilla general o por haber visto "Karate Kid") un bonsái no es un árbol pequeño sino que es pequeño porque lo hemos "torturado" a propósito para acostumbrarlo a vivir en una maceta (con todos mis respetos a la ciencia del cuidado de los bonsais). También hay bonsais "naturales", esto es, árboles que crecen en condiciones con escasez de suelo, agua o nutrientes y que se resisten a morir a costa de crecer muy poco. Los bonsais son muy apreciados por sus dueños que proceden a sucesivos trasplantes, abonados, podas de raíces y parte aérea para adaptarlos a su reducido espacio. Así veo yo la ciencia española. Los políticos aficionados a los bonsais (aquí tocamos terrenos peligrosos) les gusta tenerlos bonitos, enseñárselos a sus amiguetes del resto del mundo que les dicen "¡qué belleza, qué buena poda tiene éste, qué forma más original has conseguido con aquél!" Y claro, a los españolitos nos gusta presumir "En estos últimos años mediante unos cuantos trasplantes a recipientes más grandes les hemos dado algo de espacio y están engrosando muy bien, estos avances nos los publican ya en revistas especializadas japonesas, que son las más prestigiosas en estos temas..." Mientras tanto, los maravillados colegas que viven en países cuyas sociedades en general se creen DE VERDAD que deben tener un sistema I+D a largo plazo, admiran, cuidan, conservan, protegen sus árboles monumentales e invitan a la población a que lo haga ahora y en el futuro. En este ambiente de cultura de la conservación del patrimonio natural (científico), es la sociedad la que pide también a sus dirigentes que es necesario conservarlo. Por tanto no es sólo cuestión de tamaño, es una cuestión cultural, es una cuestión ideológica, es una cuestión de elección de modelo productivo y económico. Y en este escenario, ¿qué pasaría si una vez que el bonsái se está adaptando a su nuevo recipiente alguien decide volverlo a trasplantar a uno más pequeño? Es necesario cortar raíces para que el sistema radical quepa en la nueva maceta ¿cuáles cortamos las raíces grandes que sustentan la planta y ocupan mucho o las raicillas que son las que mejor absorben agua y nutrientes? ¿qué ramas cortamos, sólo las ramas finas con más cantidad de yemas o es necesario cortar alguna de las ramas gruesas para compensar parte aérea y radical? A pesar de esta arriesgada operación, ¿qué garantías tenemos de que el bonsái sobreviva? Y lo que es más duro, una vez que el bonsái se aclimata y adapta a un espacio reducido aunque lo trasplantemos al campo, su capacidad de crecimiento está condenada para siempre y nunca se convertirá en un árbol monumental, ni siquiera en un árbol de verdad.

Para mantener un sistema I+D+i es necesaria la diversidad (ramas y raíces grandes, medianas y pequeñas) y este equilibrio es tanto más delicado cuanto más esté el sistema al límite de su plasticidad. No es fácil que dejemos de ser bonsais vista la mentalidad de nuestros políticos. Debemos aspirar a tener (y ser) un sistema complejo, diverso, de gran tamaño, como un árbol monumental, que es parte de la cultura popular y por esa razón es protegido por los pueblos y sus gobernantes. Por ahora lo que toca es hacer ciencia sin dejar de ser bonsais.

Si os gustan mis entradas podéis apoyarme en los premios Bitácoras 2014 en la categoría de Ciencia, el mundo forestal y medioambiental debería estar bien representado aunque compitamos contra los gigantes de la ciencia básica. Gracias como siempre por vuestro estímulo.

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